“Amados, nunca tomen venganza ustedes mismos, sino den lugar a la ira de Dios, porque escrito está: «Mía es la venganza, Yo pagaré», dice el Señor. «Pero si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber, porque haciendo esto, carbones encendidos amontonarás sobre su cabeza». No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien.”
(Romanos 12:19–21, NBLA)
Nada nos resulta más contrario a la carne que mostrar gracia y misericordia hacia quienes nos han hecho daño. La inclinación natural es desear su mal, devolver golpe por golpe. Pero Dios nos ordena algo completamente distinto: vencer el mal con el bien.
Pablo presenta dos mandatos claros:
1. “Den lugar a la ira de Dios.”
Esto significa que renunciamos a ejecutar nuestra propia justicia y confiamos en la perfecta justicia divina. Dios juzgará toda maldad; ningún pecado quedará sin pagar. O se pagará en la cruz, o se pagará en el juicio final. Por eso, no tomes venganza: dejá que el Juez actúe en Su tiempo. No te corresponde a vos.
2. “Vence el mal con el bien.”
Y la instrucción no es simbólica: atendé las necesidades de tu enemigo. Si tiene hambre, alimentalo; si tiene sed, dale de beber. El acto es tan inesperado, tan contrario a la lógica humana, que revela de inmediato que no viene de nosotros, sino de Dios obrando en nosotros.
Es comprensible la objeción interna: “¿Cómo voy a procurar el bien de mi enemigo? ¿Cómo voy a suplir sus necesidades?”.
No es una broma. Es exactamente lo que Dios hizo con nosotros.
¿No éramos sus enemigos cuando Él sostenía cada uno de nuestros latidos? ¿No envió al Hijo a morir por nosotros cuando aún odiábamos Su nombre? Dios venció el mal con el bien, y por esa bondad inmerecida hoy somos parte de Su familia, coherederos con Cristo.
¿Acaso sos más santo que Dios? ¿Más justo? ¿Más digno de descargar ira? Claro que no. Por eso, si Él actuó así con vos, podés actuar así con otros.
La frase “carbones encendidos amontonarás sobre su cabeza” apunta a eso: que la bondad inmerecida puede producir vergüenza, convicción de pecado y, eventualmente, arrepentimiento en el ofensor. El bien tiene un poder moral que el mal no puede resistir.
Que el Señor nos conceda gracia para mostrar actos concretos de bondad incluso hacia quienes nos han herido, reflejando así a Aquel “que cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino que encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pe. 2:23).




