El premio que un pastor espera

“Porque ¿quién es nuestra esperanza o gozo o corona de gloria? ¿No lo son ustedes en la presencia de nuestro Señor Jesús en Su venida? Pues ustedes son nuestra gloria y nuestro gozo.” (1 Tesalonicenses 2:19–20, NBLA)

Pastor, pensá en el día en que todos aquellos a quienes servís estén delante del Señor en Su venida. ¿Qué produce esa imagen en tu corazón?

Pablo amaba a los tesalonicenses y estaba genuinamente interesado en ellos. Y quiso que lo supieran. No dudó en decirles, mirándolos a los ojos por medio de esta carta, que ellos eran su gozo y su corona de gloria: la corona de victoria que recibe aquel que ha ganado. No había otro premio que buscara. Pablo les dice, sin pudor ni vergüenza espiritual: “ustedes son nuestra gloria y nuestro gozo”.

Imaginar el día en que sus amados tesalonicenses estarían para siempre en la presencia del Señor Jesús llenaba su corazón de gozo. Ese era, para él, el día de su victoria y su premio más alto. Esa era su esperanza. No buscaba tesoros propios ni recompensas terrenales; su ambición era verlos a ellos con Cristo para siempre.

Eso quiebra el corazón de un pastor. ¿Qué otra cosa podría anhelar un pastor en este mundo?

¿Reconocimiento y popularidad? Vivimos para el reconocimiento de Dios solamente. El mundo y sus celebridades no conocen el amor del Padre que lo llena todo. Allá ellos con sus guirnaldas de humo; nosotros tenemos una herencia en el reino de Dios que permanece para siempre.

¿Riquezas y prosperidad? Fuimos llamados a entregarnos por completo, imitando el amor de Jesús, que siendo rico se hizo pobre por amor de nosotros. ¡Oh Señor, líbranos del resplandor engañoso de las monedas de oro que este mundo atesora! Que sigamos el camino de Aquel que no tenía dónde recostar Su cabeza, y sin embargo era Dueño del universo entero.

¿No vino acaso Cristo a buscar y salvar lo que se había perdido? ¿No somos nosotros, de entre todos los hombres, los que hemos sido llamados a caminar más cerca del Salvador?

Si caminamos tan cerca de Él, no puede sorprendernos que Su carga se vuelva también la nuestra.

¿No debería ser entonces nuestro mayor gozo ver almas arrebatadas del infierno y llevadas a la vida eterna?

Calibremos nuestro corazón con el del Redentor. Que nuestro norte sea amar a los redimidos y procurar que cada uno de ellos crezca a la imagen del Varón perfecto. Demos de lo nuestro —y a nosotros mismos— para el bienestar espiritual de aquellos que nos han sido encomendados por el Buen Pastor.

El apóstol Juan dijo que no tenía mayor gozo que saber que sus hijos andaban en la verdad. Pastor, ¿cuál es tu mayor gozo? ¿No son aquellos que te han sido encomendados? ¿No es ver a la oveja débil fortalecida, la quebrada sanada, la perdida hallada?

Nuestro título nos describe: un pastor no es pastor sin sus ovejas, porque su llamado se expresa en el cuidado de ellas. Los oradores, conferencistas y celebridades no dependen de otros. Pero los pastores nos debemos a las ovejas, y a nadie más. Alimentamos y cuidamos, de día y de noche, en frío y en calor, en días de gozo y en días de luto.

Entonces, ¿quién es nuestra esperanza, nuestro gozo y nuestra corona de gloria? ¿No son esos rostros que miramos cada semana, a quienes les proclamamos al Salvador y el reino eterno?

Que nuestro mayor gozo sea que cada uno de esos rostros que hoy ven el nuestro detrás de un púlpito, vean el rostro glorioso del Señor Jesús en el día de Su venida.

Que ese día sea el día de nuestro premio mayor: no coronas terrenales, no aplausos pasajeros, sino almas firmes delante del Cordero.

Y que entonces, con gozo y sin pesar, dejemos el cayado de pastor a un lado, sabiendo que la obra ha sido completada, las ovejas están a salvo, y el Buen Pastor reina para siempre.

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Enrique Oriolo
Enrique Oriolo

Un gran pecador con un gran Salvador. Esposo de Tamara, papá de Luz, Paz y Sarah. Misionero y Pastor de la Iglesia Bíblica de la Gracia.

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