“Por esto también nosotros sin cesar damos gracias a Dios de que cuando recibieron la palabra de Dios que oyeron de nosotros, la aceptaron no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en ustedes los que creen.” (1 Tesalonicenses 2:13, NBLA)
La predicación de la Palabra ciertamente es una locura para la mente natural. Cuando alguien escucha un sermón, la respuesta inmediata suele ser sencilla: “oí al predicador”. Y si uno vuelve a preguntar —¿a quién se oye realmente?— la respuesta correcta es más profunda: oímos a Dios. Es un misterio la dinámica que vemos cada vez que oímos un sermón.
En este pasaje, Pablo nos permite ver con claridad que en la predicación de la Palabra intervienen tres sujetos, cada uno con una acción o responsabilidad particular.
Por un lado, hay una acción que corresponde a Pablo y a sus colaboradores: predicar y enseñar la Palabra de Dios. Ellos son quienes llevan el mensaje revelado de Dios al oído de los tesalonicenses. No fue una voz audible desde el cielo, sino las voces de estos hermanos quienes, incluso en medio de mucha persecución, les anunciaron el evangelio de Cristo. A ellos les correspondía proclamar la Palabra.
Por otro lado, hay una acción que corresponde a los tesalonicenses: recibir la Palabra de Dios y aceptarla como Palabra de Dios. Ellos ciertamente escucharon a Pablo predicar, pero no consideraron que se trataba simplemente de palabras humanas. Reconocieron —por el obrar del Espíritu Santo en ellos— que lo que estaban oyendo era la Palabra de Dios, y por eso la recibieron y la aceptaron como tal.
Y entonces surge una tercera pregunta: ¿qué acción le corresponde a la Palabra de Dios misma una vez que es predicada y recibida? Pablo lo afirma con claridad: la Palabra de Dios hace su obra en ustedes los que creen. La Palabra de Dios está viva y actúa durante su proclamación. No vuelve a Dios vacía, sino que realiza el propósito para el cual Él la envió. Realiza su obra en quienes la oyen, ya sea para salvación —de muerte a vida— o para santificación —de gloria en gloria, conformándonos a la imagen de Cristo—.
Sin embargo, Pablo añade algo fundamental que no podemos pasar por alto. Para que la Palabra de Dios, que oímos y aceptamos como proveniente de Dios, obre en nosotros, es necesaria la fe. “La cual también hace su obra en ustedes los que creen”. La Palabra de Dios no obra donde hay incredulidad, sino donde hay fe. La fe no es solo afirmar que la Biblia es Palabra de Dios, sino confiar en su mensaje y responder con obediencia.
Por eso, muchas veces no vemos cambios reales en ciertas personas —o incluso en nosotros mismos—: oímos la Palabra de Dios, pero no la acompañamos con fe. Debemos creerla para ser salvos, y debemos seguir creyéndola para ser santificados. Si queremos crecer a la imagen de Cristo, necesitamos acercarnos a la Palabra de Dios con una fe sincera, pidiendo que Él nos ayude a creerla y, por lo tanto, a obedecerla.
Entonces, la pregunta es inevitable: ¿qué vas a hacer hoy cuando leas tu Biblia o escuches un sermón? ¿Vas a acompañar el oír con una fe sincera, para que la Palabra obre libremente en tu corazón?
Si queremos experimentar una vida transformada, debemos decidirnos a confiar en la Palabra de Dios, creerla y obedecerla cada día. No basta solo con oír, recibir y aceptar; es necesario hacerlo creyendo.




