“Más bien demostramos ser benignos entre ustedes, como una madre que cría con ternura a sus propios hijos.”
(1 Tesalonicenses 2:7, NBLA)
Pablo había sido acusado injustamente de querer sacar ventaja de los tesalonicenses. Por eso, cuando escribe a esta iglesia amada, no se defiende con argumentos enredados, sino que simplemente les recuerda algo que ellos conocían bien: la manera en que él los había tratado.
“¿Acaso buscamos sacar provecho de ustedes?”, pareciera preguntar, “¿o más bien nos dimos por su bienestar?”. La respuesta de Pablo es clara: “demostramos ser benignos entre ustedes”. Los hermanos podían recordar fácilmente cómo Pablo los había tratado cada día mientras ministraba entre ellos: con amabilidad, ternura y consideración.
Para describir ese trato, Pablo usa una imagen poderosa: una madre que con ternura cría a sus hijos. Una madre tiene autoridad sobre ellos, pero no por eso su trato es distante, indiferente o duro, sino todo lo contrario: es cercano, interesado y amable. La madre enseña, dirige y corrige, pero lo hace como resultado del amor que tiene por sus hijos. Así fue el trato de Pablo y sus colaboradores.
Esto nos deja un principio fundamental para todo servicio cristiano: el amor debe ser el fundamento de nuestro liderazgo. No basta con enseñar o ejercer autoridad. Nuestro trato diario hacia los hermanos evidenciará el verdadero fundamento de nuestro ministerio. La indiferencia, la dureza o la distancia no tienen lugar en el cuidado del pueblo de Dios.
La iglesia no es una empresa secular, sino una familia marcada por el amor, la amabilidad y el sacrificio por el bienestar mutuo. Por eso debemos examinarnos con honestidad: ¿cómo estamos tratando a aquellos a quienes servimos? ¿Somos duros, distantes e impacientes, o pueden ellos ver claramente que les amamos con ternura?
Finalmente, este es el modelo que el Señor Jesucristo nos dejó. En su trato cotidiano con sus discípulos fue cercano, paciente y tierno, y aun cuando tuvo que corregirlos, lo hizo desde un amor profundo por ellos. Así debe ser también nuestra manera de liderar: un amor que no se proclama solo con palabras, sino que se demuestra en el trato diario. Imitemos a Cristo, quien no gobernó desde lejos, sino que se dio a sí mismo por amor a los suyos.




