“…Jesús, quien nos libra de la ira venidera.” (1 Tesalonicenses 1:10, NBLA)
El nombre Jesús significa: “El Señor es mi salvación”, y efectivamente Jesús obró una obra salvadora de parte de Dios.
¿De qué nos libra Jesús? De la ira venidera. La ira corresponde a la respuesta santa y justa de Dios por causa de nuestros pecados. No es un arrebato caprichoso, sino la reacción perfecta de un Dios santo frente al pecado. Todos hemos pecado, todos hemos ofendido el carácter santo de Dios y hemos despertado ira contra nosotros. Una ira que, como dice la misma Escritura, vamos acumulando día tras día, porque nunca dejamos de pecar.
A su vez, la ira se describe como venidera. ¿Por qué? Porque estamos viviendo en un tiempo de paciencia de Dios; es decir, hoy Dios no derrama su ira santa sobre todo pecador. Pero esa paciencia no es indiferencia, ni olvido del pecado.
La ira está reservada para un día futuro: el día en que Dios juzgue los pecados de los hombres, desde los más públicos hasta los secretos más profundos de todo pecador. Ese día aún no ha llegado. Pero cuando llegue, todos los que sean juzgados serán hallados culpables y recibirán un castigo eterno; la ira caerá finalmente sobre ellos.
Ahí es donde entra Jesús, cuando toda esperanza humana se agota. ¡Él es quien puede librarnos de la ira venidera!
¿Cómo hace eso? ¿Convence a Dios de perdonarnos? ¿Mira hacia otro lado cuando pecamos? No. Ciertamente, Dios no puede dejar de ser justo. La salvación no ocurre a costa de la justicia divina, sino en perfecta armonía con ella. Por lo tanto, Jesús nos salva intercambiando lugares con nosotros.
Él, por su vida perfecta, jamás despertó la ira de Dios, sino que vivió bajo la complacencia y aceptación del Padre. Sin embargo, se ofreció voluntariamente a ocupar nuestro lugar, para que Dios derramara sobre Él toda la ira que nosotros merecemos: pasada, presente y futura. Y es en la cruz —cuando Satanás cree haber derrotado al Hijo de Dios— donde en realidad Jesús estaba ocupando nuestro lugar y asegurando nuestra salvación.
Jesús murió bajo la ira de Dios. Pero la historia no terminó allí. Habiendo triunfado por su vida perfecta, resucitó por el poder de Dios tres días después, asegurando que el intercambio había sido exitoso y confirmando públicamente que la ira había sido satisfecha. Así, se convirtió en el Salvador que nos libra de la ira venidera. Él es el único que puede salvarnos del justo juicio de Dios, porque recibió en su propio ser el castigo que nosotros merecemos.
¿Quieres enfrentar la ira venidera de Dios solo? ¿Eres consciente de que no puedes salvarte a ti mismo?
Esa es la buena noticia del evangelio: que Dios envió a Su Hijo para salvarnos, y que es por medio de la fe en Él y el arrepentimiento de nuestros pecados que recibimos el regalo de esa salvación, solo por gracia.
Que el Señor nos conceda ver, con ojos renovados, la gloria de Cristo cargando sobre sí la ira que nosotros merecíamos. Porque si Jesús no hubiera tomado nuestro lugar, la ira venidera caería sobre nosotros.
Y si hoy aún no has clamado a Él por salvación, no postergues más: fuera de Cristo solo queda el juicio, pero en Él hay perdón, vida y gracia abundante.




