«Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree.»
(Ro. 10:3–4)
Israel tenía celo por Dios, pero no entendió la función de la ley. Creyeron que los mandamientos fueron dados para obedecerlos con el fin de producir una justicia propia que los hiciera aceptables delante de Dios.
Ahí estuvo su error: nadie puede ser declarado justo por cumplir la ley, porque —como Pablo ya dijo— “por las obras de la ley nadie será justificado” debido al pecado que habita en nosotros.
Pero Dios envió a su Hijo sin pecado, quien obedeció perfectamente cada punto de la ley y cumplió así toda justicia. Con su vida impecable creó una justicia que sí es aceptable delante de Dios, una justicia que ahora se ofrece gratuitamente a todo aquel que cree.
Entonces, cuando Pablo dice que “Cristo es el fin de la ley para justicia”, ¿en qué sentido es el fin? ¿Acaso la ley ya no sirve? No. Cristo es el fin “para justicia”: nadie debe intentar cumplir la ley para hacerse justo, sino que debe creer “en aquel que justifica al impío”, y entonces “su fe le es contada por justicia” (Ro. 4:5).
Con su vida, muerte y resurrección, Cristo produjo algo que antes no existía: una justicia perfecta y eterna delante de un Dios perfecto. Esa es la justicia que se ofrece como un regalo al que cree.
¿Qué harás vos? ¿Intentarás establecer tu propia justicia —que inevitablemente fallará por tu pecado—, o recibirás por fe la justicia del Hijo, dada por gracia?
La paradoja es gloriosa: si intentas ganarla, la pierdes; si la recibes como regalo, la posees.
¡La gracia de Dios deja sin sentido todo mérito humano!




