“Porque él los extrañaba a todos…”
(Fil. 2:26)
¿Te viene a la mente algo que extrañes? Uno extraña aquello que ama y atesora. Extrañamos una comida en familia, una reunión con amigos o un lugar donde vivimos buenos momentos. Lo que echamos de menos revela, en parte, los afectos de nuestro corazón.
Epafrodito extrañaba a los filipenses.
¿Quién era Epafrodito? Era un miembro de la iglesia de Filipos que viajó a Roma para llevar una ofrenda a Pablo y servirle mientras estaba preso. En ese tiempo enfermó gravemente, al punto de estar cerca de morir, pero Dios tuvo misericordia de él y restauró su salud.
Ahora Epafrodito regresaba a Filipos con la carta de Pablo, pero también con una carga en su corazón: extrañaba profundamente a sus hermanos y hermanas en Cristo. Se preocupaba por ellos. Tanto así que, aunque se había sacrificado para llevar la ofrenda y asistir a Pablo, le dolía pensar que los filipenses estaban angustiados por su enfermedad.
¿No es hermoso el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones? Somos parte de una nueva familia que trasciende tiempo y espacio: la familia de la fe, el cuerpo de Cristo, manifestado en la iglesia local. Y el amor que nos une es real, no aparente ni superficial. Proviene del Espíritu Santo que mora en quienes hemos creído.
¿Por qué extrañaba Epafrodito a sus hermanos? Porque el amor de Dios había sido puesto en su corazón. Ese mismo amor debe modelar nuestras relaciones: un amor que nos mueve a preocuparnos sinceramente unos por otros. ¿Mi hermano está enfermo? ¿Necesita ayuda? ¿Puedo servirle? Epafrodito encarnó ese amor: sirvió a Pablo mientras anhelaba estar con su iglesia local, y volvió llevando una carta que él jamás habría imaginado que llegaría hasta nuestras Biblias.
¿De qué manera está ligado tu corazón a tus hermanos en Cristo?
¿Lloras cuando ellos lloran?
¿Te gozas cuando se gozan?
¿Te duele cuando pecan?
¿Los extrañas cuando estás lejos?
No podemos fingir este amor, pero sí podemos crecer en él a medida que crecemos en Cristo.
Imagina una iglesia local donde los miembros se aman, se visitan, se cuidan, se perdonan, se reconcilian, se extrañan, se respetan, comen juntos, viven juntos y sirven juntos… ¿no vería el mundo un amor distinto, un amor que no se explica humanamente?
Que el Señor nos ayude a crecer en unidad, a huir del individualismo y de la indiferencia. Que miremos en Epafrodito un reflejo de lo que Cristo hizo primero: amarnos con un amor que lo llevó a entregarse por completo por nuestro bien.
Dios nos ayudará.




