“Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo”
(Filipenses 3:8, NBLA)
¿Qué es lo que Pablo ha perdido y ahora considera como basura? Toda confianza en la carne; es decir, en aquellas cosas que antes él creía que le otorgaban una ventaja delante de Dios.
Según la carne, Pablo era todo lo que un judío podía aspirar a ser: circuncidado conforme a la ley, del linaje de Benjamín, hebreo de hebreos —de linaje puro—, fariseo en cuanto a la ley, celoso hasta el punto de perseguir a la iglesia (a la que consideraba una secta peligrosa), e irreprensible ante los hombres en lo que respecta a la observancia de la ley.
Sin embargo, todo aquello que antes consideraba ganancia, ahora lo estima como pérdida por amor de Cristo. ¿Por qué? Porque esa “justicia” en la que Pablo confiaba no tenía ningún valor delante de un Dios justo y santo. No podía comprarle ni una parte de la herencia eterna. No era suficiente para Dios.
¿De qué valían todos esos logros humanos para obtener Su aprobación? Absolutamente de nada. Todo estaba manchado por el pecado.
Entonces, ¿qué fue lo que transformó a Saulo de Tarso en el apóstol Pablo? Conocer a Cristo. No fue su propia justicia ni sus logros religiosos lo que lo hizo aceptable delante de Dios ni apto para el ministerio apostólico, sino el conocimiento de Cristo y de Su evangelio.
Ese evangelio le enseñó que Dios no acepta otra justicia que no sea perfecta y santa, una justicia que solo Jesucristo, el Hijo de Dios, obtuvo plenamente, y que ahora se ofrece gratuitamente, por medio del evangelio, a todo aquel que cree y se arrepiente.
Esto es lo que Pablo llegó a comprender: hay un valor en conocer a Cristo que no se compara con nada. Ni el linaje, ni la religiosidad, ni el celo, ni las obras le daban ventaja alguna delante de Dios. Fue el hecho de que Cristo salió a su encuentro y lo salvó lo que llevó a Pablo a soltar su propia justicia conforme a la ley —una justicia incapaz de salvar— y a abrazar la justicia que procede de Dios por medio de la fe, la única que lo hacía acepto delante de Él.
Por eso Pablo afirma que su esperanza es “ser hallado en Él”, en Cristo. Porque aunque tenía motivos para jactarse delante de los hombres, no tenía absolutamente nada de qué jactarse delante de Dios. Su única esperanza era la justicia de Otro, no la suya. Solo Jesucristo cumplió perfectamente la justicia que Dios exige, y solo Él la ofrece como un regalo de la gracia de Dios.
¿Y vos? ¿En qué estás confiando para presentarte delante de Dios en aquel día? ¿En tu propia justicia, manchada por el pecado, o en la justicia de Dios, perfecta y completa en Cristo?
No tenemos nada que ofrecerle a Dios que no esté contaminado por nuestro pecado; sin embargo, es Dios mismo quien nos ofrece algo perfecto y sin mancha: la justicia de Jesús, para que la recibamos por fe.
Que el Señor nos ayude a examinarnos y a considerar dónde está puesta nuestra confianza al acercarnos a Él. Que sea únicamente en los méritos y en la justicia de Cristo. Y que la gratitud y el amor que brotan de la cruz nos lleven a considerar todo lo demás como pérdida, con tal de conocerle a Él.




