“Antes bien, vístanse del Señor Jesucristo, y no piensen en proveer para las lujurias de la carne.”
(Romanos 13:14, NBLA)
No se puede servir a dos señores. Tarde o temprano, nuestras decisiones revelan a quién pertenecemos realmente. Nadie está obligado a seguir al Señor Jesucristo, pero aquel que decide hacerlo debe hacerlo por completo, renunciando cada día al pecado que acecha a la puerta, siempre dispuesto a derribarnos.
Elías ya había planteado este dilema con contundencia: “¿Hasta cuándo vacilarán entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, síganlo; y si Baal, síganlo a él” (1 R 18:21). No existe un camino intermedio entre servir a Cristo o servir al pecado.
La palabra lujurias puede traducirse como deseos, ambiciones, pasiones o codicias, mientras que carne se refiere a nuestra naturaleza pecaminosa que se opone a Dios. Por eso, aun estando libres de la esclavitud del pecado, todavía podemos —si no velamos— seguir alimentando sus deseos. Cada vez que pecamos, obedecemos la voz de aquello de lo cual Cristo ya nos liberó; es como darle fuerzas al enemigo que quiere destruirnos.
¿Pagarías el alquiler de una casa donde ya no vivís? El pecado es ese viejo locatario que insiste en cobrarnos por un lugar donde ya no habitamos. No pienses en proveer para las lujurias de la carne. En Cristo, los creyentes podemos decir “no” al pecado, porque Él lo venció en la cruz y ahora estamos “en Él”.
Pero Pablo no se queda solo en lo negativo. El llamado positivo es donde debemos poner nuestros esfuerzos y orientar nuestros deseos: “vístanse del Señor Jesucristo”. Como si Su vida justa y piadosa fuese un manto, somos llamados a vestirnos de Cristo. Esto significa imitarle, crecer a Su imagen, obedecer Sus mandamientos y permanecer en Su amor. La santidad no es simplemente “no alimentar al pecado”, sino llenarnos activamente de Cristo.
Hermano, ¿estamos vistiéndonos del Señor Jesucristo cada día, procurando poner en práctica Su Palabra? ¿Son las palabras de Cristo la brújula que guiará este día? ¿O estamos escuchando más los reclamos de nuestra carne, proveyendo para sus deseos?
Propongamos una meta: que por la gracia de Dios y el poder de Su Espíritu, hoy no alimentaremos nuestro pecado, sino que imitaremos a nuestro Señor Jesucristo, buscando reflejar Su carácter en el hogar, en el trabajo y en la iglesia. Dios nos ayudará.




