Serie «La mesa del nuevo pacto» — Parte 5 de 5
(Viene de la Parte 4: «La promesa del nuevo pacto»)
Imagina que eres un italiano que vive en un país extranjero pero deseas conectarte con otros que comparten tu herencia italiana. Entonces te unes a la Sociedad Italiana de esa ciudad. Al inscribirte, te entregan un carnet de membresía que te identifica oficialmente como parte de esa comunidad. Ese carnet no te hace italiano —tu origen ya lo define—, pero afirma públicamente tu pertenencia a dicho grupo. De manera similar, el bautismo es la señal que declara ante la iglesia y el mundo que has entrado en el nuevo pacto y perteneces a Cristo. No te hace cristiano pero afirma tu profesión de fe.
A lo largo del año, la Sociedad Italiana organiza reuniones especiales y cenas donde los miembros celebran su cultura y fortalecen sus lazos. Sin el carnet de membresía, no podrías participar en esas celebraciones oficiales, porque aún no has sido reconocido como parte del grupo. De la misma forma, la Santa Cena es la señal de renovación para quienes han sido bautizados: un recordatorio regular de la obra de Cristo y la comunión que compartimos con Dios y con los hermanos. En la Santa Cena reafirmamos aquello que afirmamos en el bautismo, que somos de Cristo y parte de su pueblo.
Así como el carnet testifica sobre tu entrada en la Sociedad Italiana, el bautismo testifica de tu incorporación al nuevo pacto. Y así como las reuniones reafirman tu identidad y comunión con la comunidad, la Santa Cena reafirma nuestra unión con Cristo y Su iglesia, recordándonos continuamente quiénes somos en Él.
El bautismo y la santa cena son señales del nuevo pacto que afirman nuestra entrada y reafirman nuestra unión con Cristo y Su iglesia, fortaleciendo nuestra fe y comunión.
Quiero que veamos entonces en qué consisten estas señales del nuevo pacto para la iglesia de Cristo y cómo nos relacionamos de manera práctica con ellas.
El bosquejo de hoy será:
- Entrar: La conversión
- Afirmar: El bautismo
- Reafirmar: La Santa Cena
A modo de repaso: ¿qué es un pacto y que son las señales de un pacto?
Un pacto es un acuerdo solemne establecido entre dos partes, acompañado de promesas y obligaciones vinculantes.
Algunos sinónimos de ‘pacto’ que nos resultan familiares son ‘alianza’ y ‘testamento’. Ambos expresan la misma idea, por eso en nuestras Biblias encontramos el Antiguo y el Nuevo Testamento. Algunas traducciones incluso usan los términos ‘Antiguo y Nuevo Pacto’ o ‘Antigua y Nueva Alianza’ para resaltar esta verdad.
Los pactos que Dios hizo con su pueblo incluyen promesas y responsabilidades vinculantes, algunos siendo condicionales y otros incondicionales. Por ejemplo, el pacto del Sinaí contenía promesas sujetas a la obediencia del pueblo, mientras que pactos como el de Abraham o el nuevo pacto son unilaterales e incondicionales, donde Dios promete cumplir su palabra sin depender de la fidelidad humana. Además, cada pacto ha tenido señales visibles (como el arcoíris, la circuncisión, la Pascua y el día de reposo). Estas señales no son el pacto en sí, sino que lo representan y lo confirman.
En el nuevo pacto, Dios ha establecido dos señales que representan y confirman nuestra participación en él: el bautismo y la cena del Señor.
Las señales sirven para afirmar y reafirmar nuestra pertenencia al pacto, pero no nos dan entrada a él. Volviendo a la ilustración de la Sociedad Italiana, ni el carnet ni las reuniones hacen que alguien sea italiano; solo confirman que esa persona ya posee dicha nacionalidad. De manera similar, el bautismo y la Santa Cena no salvan a nadie; simplemente afirman y reafirman que, por medio del nuevo nacimiento, pertenecemos al pueblo de Dios
1. Entrar: La Conversión.
¿Cómo se entra al nuevo pacto? La conversión es la entrada al nuevo pacto de Dios con su pueblo.
Podemos llamarlo nuevo nacimiento, salvación o regeneración, ya que todos estos términos describen la misma realidad: el acto soberano de Dios por el cual transforma el corazón del pecador, dándole una nueva vida en Cristo.
Esa transformación espiritual sólo se puede recibir por medio de la fe y el arrepentimiento de nuestros pecados. “Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8–9, NBLA)
El medio de la salvación es la fe, no las obras. La única manera de entrar al nuevo pacto con Dios es por medio del nuevo nacimiento. Jesús se lo dijo a Nicodemo: “En verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3, NBLA).
No dejes que nadie te engañe, ni te engañes a ti mismo con una falsa seguridad de pertenecer al nuevo pacto.
¿Vas a la iglesia, lees la Biblia u oras? Un no creyente puede hacer todo eso. Pero un no creyente no ha abrazado la gracia de Dios en Cristo como el único medio para ser salvado de sus pecados y de la condenación que merece. Un no creyente no clama con humildad al Dios del cielo pidiendo misericordia ni ve en la salvación por fe su única esperanza. Un no creyente no vive lleno de amor y gratitud por una salvación que sabe nunca podrá merecer.
Que no quede ninguna duda, la entrada al nuevo pacto es solo por medio de la salvación que Cristo otorga solo por gracia y solo por fe. Sin ningún tipo de mediación de mis obras o desempeño.
“Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” (Romanos 9:16, NBLA)
Antes de continuar con las señales del pacto quiero hablarle a aquellos que están escuchando y que no han creído en Cristo para su salvación o aún no están seguros si han entrado al pacto. No esperes más para rendir tu vida a Cristo, no esperes más para confiar en Él y arrepentirte de tus pecados. Dios juzgará el secreto de todos los hombres y nadie se librará de su ira. Pero hoy puedes encontrar el perdón de todos tus pecados y la salvación por medio de la obra de Cristo en la cruz. El evangelio es la buena noticia de que hay salvación para los pecadores por medio de Jesús, su vida, muerte y resurrección. ¡Pídele a Dios que te salve por medio de Jesús!
Una vez que alguien ha entrado al nuevo pacto, Jesús ordenó la primera señal visible de esa realidad: El bautismo.
2. Afirmar: El Bautismo
“Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado (…)” (Mateo 28:18–20, NBLA)
Bautismo proviene del término griego baptízō (βαπτίζω), que significa “sumergir,” “zambullir” o “lavar.” En el contexto de la iglesia, el bautismo es la afirmación pública de que alguien ha creído en Cristo y asume un compromiso de seguirlo, incorporándose a la comunidad de fe. Es un acto simbólico en el cual la persona que ha creído sella su profesión de fe y testifica públicamente que ahora forma parte del nuevo pacto y de la comunidad del nuevo pacto, que es la iglesia.
Dios ha establecido que todos los que crean en Cristo para salvación sean bautizados como la afirmación de su fe y la señal de iniciación en el nuevo pacto. El bautismo representa simbólicamente la unión de la persona con Cristo en su muerte y resurrección, el creyente muere a la vieja vida y nace en una nueva vida juntamente con Cristo. Es la representación visible del nuevo nacimiento.
“Pedro les dijo: ‘Arrepiéntanse y sean bautizados cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados; y recibirán el don del Espíritu Santo.’… Así que los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil almas.” Hechos 2:38, 41 (NBLA).
El bautismo es el siguiente paso de obediencia a la conversión. Y notemos que ninguna persona se bautiza a sí misma. Es la iglesia quién tiene el deber de reconocer a aquellos que profesan ser parte del pueblo de Dios.
En Hechos 8 encontramos la historia de Felipe y el etíope. Este último venía leyendo Isaías mientras regresaba de Jerusalén, y un ángel guió a Felipe para que se encontrara con él. Después de que Felipe le explicara el evangelio usando Isaías 53, podemos deducir que también le habló del bautismo, porque al encontrar agua, descendieron del carruaje y Felipe lo bautizó. Aunque el libro de Hechos es principalmente descriptivo y no dicta cómo debemos actuar hoy, este pasaje nos ayuda a ver varios puntos:
- Felipe predicó el evangelio primero.
- El etíope creyó y pidió ser bautizado.
- Felipe confirmó su fe, preguntándole si creía de todo corazón, a lo que respondió que sí, que creía en Jesucristo como el Hijo de Dios.
- Ambos bajaron al agua y el etíope fue bautizado.
El bautismo es al mismo tiempo el testimonio público de la profesión de fe de un creyente y la afirmación de esa profesión de fe por parte de una iglesia local. En este caso extraordinario, Felipe ofició de representación de la iglesia naciente, hoy son las iglesias locales las que deben afirmar la profesión de fe por medio del bautismo.
Por ese motivo, no practicamos bautismos espontáneos. Antes de bautizar a alguien, debemos evaluar su profesión de fe, pues el bautismo afirma públicamente que esa persona es parte del nuevo pacto y, por lo tanto, miembro de la iglesia de Cristo. Del mismo modo, no bautizamos a alguien que no vaya a ser recibido como miembro de la iglesia local. Al bautizar a un creyente, la iglesia reconoce su fe y lo integra al cuerpo de Cristo, lo cual implica que viva su vida cristiana dentro de la congregación, sometiéndose al cuidado pastoral y sirviendo a sus hermanos en la fe.
¿Por qué bautizar a alguien que no desea ser parte de la iglesia local? ¿Dónde vivirá la vida cristiana que dice tener, si no es en el contexto de la membresía de la iglesia?
El bautismo es la señal de iniciación en el nuevo pacto, afirma a la persona que es un miembro del nuevo pacto en Cristo y que ha sido unida no solo a Cristo sino también a su pueblo que es la iglesia.
La contrapartida del bautismo en el antiguo pacto es la circuncisión. La señal de que alguien era parte del pacto era por medio de circuncidarse (una señal que solo los hombres llevaban). Algo que se realizaba una sola vez, y que afirmaba la pertenencia al pueblo de Dios. Así como el bautismo se realiza una sola vez.
Entonces, la conversión nos da entrada al nuevo pacto y el bautismo nos afirma como miembros del nuevo pacto en unión con Cristo y con Su iglesia. A su vez, tenemos un compromiso de vivir nuestra vida cristiana como miembros de una iglesia local, probablemente aquella que nos ha bautizado.
¿Cuál es el lugar de la Santa Cena? Lo que el bautismo afirma, la Santa Cena reafirma a lo largo de la vida cristiana.
3. Reafirmar: La Santa Cena
“Porque yo recibí del Señor lo mismo que les he enseñado: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Esto es Mi cuerpo que es para ustedes; hagan esto en memoria de Mí». De la misma manera tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: «Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre; hagan esto cuantas veces la beban en memoria de Mí». Porque todas las veces que coman este pan y beban esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que Él venga.” (1 Corintios 11:23–26, NBLA)
La Santa Cena es una ordenanza que se origina en la noche anterior a la crucifixión de Cristo. Durante la última cena, Jesús transforma la pascua —o, más precisamente, algunos de sus elementos— en una nueva celebración que recuerda Su sacrificio, el cual inaugura el nuevo pacto.
Los elementos de la Santa Cena son el pan y la copa de vino, que representan simbólicamente Su cuerpo entregado y Su sangre derramada para el perdón de los pecados. El nuevo pacto fue inaugurado mediante el sacrificio del Hijo de Dios; Su sangre sella este pacto y rocía espiritualmente a todos los que forman parte de él. Esa sangre, símbolo de Su muerte para aplacar la ira de Dios contra los pecadores, garantiza el perdón completo y la aceptación total de cuantos fueron salvados por Su obra en la cruz.
A diferencia del bautismo, la Santa Cena no se celebra una sola vez, porque su propósito no es afirmar nuestra entrada al nuevo pacto, sino reafirmar que seguimos perteneciendo a él, unidos espiritual e indivisiblemente a Cristo y a Su pueblo. Por eso debe practicarse con frecuencia: necesitamos recordar quiénes somos y a quién pertenecemos. Somos el pueblo de Dios, unido a Cristo y entre nosotros, pues todos participamos de un mismo pan.
“La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo; porque todos participamos de aquel mismo pan.” (1 Corintios 10:16–17, NBLA)
Mientras el bautismo tiene una connotación más personal, la Santa Cena se centra en la comunidad del pacto que se reúne para celebrar el evangelio que hizo posible su salvación, proclamando la muerte de Cristo hasta que Él regrese. Cada vez que participamos de la cena renovamos nuestro compromiso como miembros de Cristo y los unos de los otros.
La Santa Cena es una cena de reafirmación del pacto, tal como la Pascua lo era en el antiguo pacto. Solo quienes tenían una relación de pacto con el Dios de Israel podían participar de la cena pascual; ningún extranjero podía hacerlo. Para sumarse, primero era necesario circuncidarse, ya que esa era la señal de iniciación al pacto con el Señor.
De modo similar, hoy quienes deseen participar de la cena del Señor deben haber experimentado el nuevo nacimiento que da acceso al nuevo pacto y haber sido afirmados en su profesión de fe por una iglesia local a través del bautismo. El paso siguiente es su recepción como miembros de esa congregación, para entonces sentarse con confianza a la mesa de la comunidad del pacto, renovando y reafirmando tanto nuestra unión con Cristo como la comunión entre nosotros.
Podemos ver en el libro de Hechos esta misma progresión en la iglesia primitiva:
“Entonces los que habían recibido su palabra”, los que habían creído en el evangelio, “fueron bautizados; y se añadieron aquel día como 3,000 almas.”, se habían añadido a la iglesia de Jerusalén, ”Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración.” (Hechos de los Apóstoles 2:41–42, NBLA).
Primero habían creído, luego se bautizaron afirmando su fe y se unieron a la iglesia. A partir de ahí, su vida consistía en participar juntos de la enseñanza, la comunión, el partimiento del pan (la Santa Cena) y la oración.
La Santa Cena no deja de ser una proclamación visible, una predicación visible del evangelio.
Cuando participamos juntos de la Santa Cena, proclamamos que, gracias al sacrificio de Cristo, tenemos una unión con Él. El pan y el vino nos remiten a Su sacrificio expiatorio, pero también declaramos que, por medio de Cristo, ahora somos un solo cuerpo. Al participar todos del mismo pan y de la misma copa, manifestamos esta unidad.
Por eso, la Santa Cena implica un llamado a la autoexaminación, especialmente sobre cómo vivimos los unos con los otros a la luz de nuestra unión en Cristo. En 1 Corintios 11, Pablo confronta a la iglesia por menospreciar la cena del Señor cuando ignoran a los hermanos más pobres. Los ricos comían y bebían hasta hartarse, incluso emborrachándose, mientras los más necesitados quedaban hambrientos en la reunión. ¿Era aquello tomar dignamente la cena del Señor? ¿Estaban discerniendo el cuerpo y la sangre de Cristo? Si la mesa del Señor proclama públicamente nuestra unidad, ¿cómo podía ser coherente con esa verdad que algunos no amaran a sus hermanos?
“De manera que el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, examínese cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba de la copa. Porque el que come y bebe sin discernir correctamente el cuerpo del Señor, come y bebe juicio para sí.” (1 Corintios 11:27–29, NBLA)
“Aquellos que discriminan a otros miembros de la congregación mientras comen y beben de los elementos no disciernen el significado de la muerte de Cristo ni perciben la unidad del cuerpo. De hecho, Cristo, mediante su muerte, ha hecho a todos los creyentes uno solo. Quienes no perciben la importancia del cuerpo quebrantado de Cristo y la unidad de la iglesia incurren en juicio. La naturaleza de ese juicio se explica en los versículos siguientes, pero el juicio es apropiado: sus acciones contradicen lo que Cristo logró con su muerte, pues están dividiendo la iglesia que Cristo ha unido” Thomas Schreiner.
Al participar de la Santa Cena, debemos examinarnos para discernir que el pan y el vino son símbolos del sacrificio de Cristo y evaluarnos si vivimos en coherencia con esa verdad. ¿Estamos amando a nuestros hermanos y promoviendo la unidad del cuerpo? Si la respuesta es afirmativa, entonces comamos y bebamos. Si encontramos pecado o falta de amor, arrepintámonos ante el Señor, pidamos perdón, recibámoslo por fe y, entonces, participemos.
No debemos negarnos a la cena del Señor como si fuera un castigo por nuestro pecado, sino más bien celebrar el evangelio: arrepentirnos y recibir el perdón de Dios por la fe. Al participar, reconocemos nuestra necesidad constante de gracia y proclamamos la abundante provisión de perdón que Dios nos ha dado en Cristo.
Pero si insistimos en participar negándonos a arrepentirnos de nuestro pecado, estamos comiendo y bebiendo juicio contra nosotros mismos, porque Dios disciplina a quien ama, y azota a todo aquel que recibe como hijo. Abstenerse no soluciona el asunto, sino que revela incredulidad y un corazón endurecido. Lo que se debe hacer es buscar la solución.
Si el pecado es personal, debemos pedir perdón a Dios y recibirlo por fe. Si el pecado implica un conflicto con un hermano—una ofensa sin resolver o una falta de amor—debemos reconciliarnos tanto con Dios como con el que fue afectado. Si hemos sido ofendidos y no hemos perdonado, también necesitamos perdonar y restaurar la relación.
Al participar de la cena del Señor junto a nuestro hermano, celebramos la unidad en Cristo, así que debemos ser coherentes con esa verdad.
Finalmente, en la Santa Cena debemos tener en mira la promesa del Señor: “»Les digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con ustedes en el reino de Mi Padre».” (Mateo 26:29, NBLA)
Conclusión
Hermanos, nos aguarda un día, donde ya no deberemos examinarnos más al participar de la cena del Señor, ya no habrá más pecado en nosotros. En aquel día, cuando veamos cara a cara a nuestro Señor Jesús, Él mismo será el anfitrión de la Santa Cena en su reino eterno.
Jesús siempre ha sido, es y será el anfitrión de la Santa Cena, estando presente de forma espiritual. Sin embargo, llegará el día en que tanto Él como nosotros nos encontraremos en cuerpos glorificados, sin pecado, viviendo en completa santidad y gozo.
En aquel día, celebraremos eternamente a Dios Padre, quien estableció el nuevo pacto; a Jesús, quien es el mediador de este nuevo pacto; y al Espíritu Santo, quien aplicó en nosotros la obra salvadora y nos unió espiritualmente a Cristo y entre nosotros. La Trinidad será para siempre glorificada por Su pueblo redimido.
Pero hasta que llegue ese día glorioso:
Que Dios traiga a muchos al nuevo pacto a través del nuevo nacimiento. Que aquellos que han experimentado esta conversión puedan testificar públicamente de su fe mediante el bautismo, celebrando junto a la iglesia local esta señal visible que marca su incorporación al nuevo pacto.
Y que, una vez bautizados y comprometidos como miembros de la iglesia local, podamos reunirnos continuamente alrededor de la mesa del Señor para reafirmar juntos nuestra unión con Cristo y con nuestros hermanos, renovando así nuestro compromiso en el nuevo pacto.
Que Dios use estas señales para recordarnos quiénes somos en Cristo, fortaleciendo así nuestra fe, nuestra comunión y nuestra esperanza hasta que Él vuelva.
Oramos.
Fin de la serie «La mesa del nuevo pacto».
Esta serie reproduce el texto de una serie de mensajes predicados en la Iglesia Bíblica de la Gracia (Lanús, Argentina). Salvo indicación contraria, las citas bíblicas son de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA).




