Serie «La mesa del nuevo pacto» — Parte 2 de 5
(Viene de la Parte 1: «La Pascua de Moisés».)
2. La Pascua de Jesús: Redención definitiva
Aproximadamente unos 1400 años después, Jesús se encuentra con sus discípulos para celebrar la cena de pascua, como cada año. En el calendario judío era en el día 14 del mes de Nisán, al otro día se llevaría a cabo el sacrificio de los corderos pascuales.
Pero esa pascua era única y especial porque sería la última cena de pascua para el pueblo de Dios. ¿Por qué? Porque tanto la celebración como el cordero pascual eran la anticipación de otra celebración y otro cordero. Un cordero definitivo que sería sacrificado en lugar de todo su pueblo para dar una liberación mayor que la de una esclavitud humana.
Jesús era, como dijo Juan el bautista, “…el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). Jesús sería sacrificado para que por medio de su muerte y su sangre derramada pudiera hacer expiación por el pecado de todo su pueblo, y de esa manera, obtener definitivamente el perdón de sus pecados y por ende, la libertad de la esclavitud del pecado y de la muerte.
Jesús es el sacrificio supremo al que todos los sacrificios de corderos inocentes señalaban; Él es el sacrificio final y perfecto. El autor de los Hebreos describe que Jesús con su propia sangre nos dio “redención eterna” (9:12).
La última cena de pascua prepararía a los discípulos para entender posteriormente lo que pasaría al siguiente día. El Hijo de Dios moriría en la cruz del monte Calvario. Ahí se produciría la más grande redención y liberación del pueblo de Dios. Y de la misma manera en que se debía poner la esperanza en la sangre del cordero pascual para ser librado, así se debe poner la esperanza ahora en la sangre de Jesús para recibir la libertad definitiva del pecado y la muerte eterna.
Es por medio de la fe en Jesús y el arrepentimiento de nuestros pecados que recibimos por gracia los beneficios de su sacrificio expiatorio.
El pueblo de Dios no se quedaría sin celebración. Si la liberación de Egipto trajo la institución de la cena pascual, Jesús trae ahora una nueva cena para ser celebrada: la Santa Cena. Una celebración, que no miraría a la redención del sacrificio pascual, sino que miraría a la redención del sacrificio de Cristo.
Por lo tanto, los elementos de la cena pascual cobran un nuevo significado. Estos elementos que Jesús utiliza para instituir una nueva celebración son el pan y el vino. El pan como símbolo de su cuerpo entregado y el vino como símbolo de su sangre derramada.
El apóstol Pablo al dirigirse a los miembros de la iglesia de Corinto les explica una vez más lo que Jesús mismo le enseñó: “Porque yo recibí del Señor lo mismo que les he enseñado: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Esto es Mi cuerpo que es para ustedes; hagan esto en memoria de Mí». De la misma manera tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: «Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre; hagan esto cuantas veces la beban en memoria de Mí». Porque todas las veces que coman este pan y beban esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que Él venga.” (1 Corintios 11:23–26, NBLA)
Por lo tanto, Jesús deja establecido como ordenanza para su pueblo que se celebre la Santa Cena en memoria suya, de su sacrificio a favor de ellos. Ya no mirarían hacia el cordero de la Pascua, sino hacia Él mismo, quien sería sacrificado para sellar un nuevo pacto entre Dios y Su pueblo. Así nació la Santa Cena.
3. La Santa Cena: Una nueva señal del pacto
“Cuando llegó la hora, Jesús se sentó a la mesa, y con Él los apóstoles, y les dijo: «Intensamente he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer; porque les digo que nunca más volveré a comerla hasta que se cumpla en el reino de Dios».” (Lucas 22:14–16, NBLA)
La cena pascual era algo que se suponía que cada familia celebraría unida (algo así como navidad o año nuevo). Jesús al celebrar la pascua con sus discípulos y además establecer la Santa Cena con ellos los está elevando al lugar de su propia familia. Eso no es nuevo porque Jesús había mencionado antes que su familia eran aquellos que hacían la voluntad de Dios (Lc. 8:21).
Bobby Jamieson señala sobre esto en su libro sobre la Santa Cena: “Jesús convierte a Sus amigos en familia. Está diciendo que Su familia está formada por aquellos que reciben su sacrificio”.
Los elementos que Jesús usó para la Santa Cena apuntan a la clase de muerte que experimentará horas más tarde. Esta muerte era intencional y era el cumplimiento de la promesa de Dios de hacer con su pueblo un nuevo pacto.
El nuevo pacto fue anunciado por el profeta Jeremías (31:31-34) Un pacto donde Dios prometía cambiar a su pueblo desde lo más profundo de su ser, sus corazones cambiarían para amar y obedecer su palabra. Todo el pueblo conocería a Dios, desde el más grande hasta el más pequeño. Dios perdonaría sus pecados definitivamente prometiendo nunca más recordarlos.
Cuando Dios hizo un pacto con Israel en el monte Sinaí, el que conocemos cómo el antiguo pacto, se hicieron sacrificios y se usó la sangre para sellar el pacto, dice el texto: “Entonces Moisés tomó la sangre y la roció sobre el pueblo, y dijo: «Esta es la sangre del pacto que el SEÑOR ha hecho con ustedes, según todas estas palabras».” (Éxodo 24:8, NBLA).
Luego de haber establecido el pacto dice el texto lo siguiente: “Y subió Moisés con Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y vieron al Dios de Israel. Debajo de Sus pies había como un embaldosado de zafiro, tan claro como el mismo cielo. Pero Él no extendió Su mano contra los príncipes de los israelitas. Ellos vieron a Dios, y comieron y bebieron.” (Éxodo 24:9–11, NBLA).
Dios mismo comió y bebió con ellos al establecer el antiguo pacto. Jesús está comiendo y bebiendo con sus apóstoles al establecer el nuevo pacto, diciéndoles que el sello de ese pacto es su sangre siendo derramada por ellos.
Jesús tomó el pan y dijo: “Esto es Mi cuerpo que por ustedes es dado; hagan esto en memoria de Mí” (Lc. 22:19). Y cuando tomó la copa dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre, que es derramada por ustedes.” (v. 20).
Jesús identificó el pan y el vino con Él mismo (“Mi cuerpo, Mi sangre”). Jesús estableció el pan y el vino como una señal del nuevo pacto que Dios estaba por iniciar en su sacrificio, y así como la pascua solo podía ser celebrada por los israelitas que formaban parte del pacto con Dios, así la Santa Cena debe ser celebrada solo por los que forman parte del nuevo pacto con Dios, es decir, los que han sido redimidos por Jesús, cubiertos con su sangre.
Dice Jamieson: “Así cómo la Pascua fue una conmemoración que debía repetirse regularmente (Éxodo 12:14), Jesús convirtió esta última cena con Sus discípulos en una nueva conmemoración, una nueva comida que define la identidad y la comunidad de aquellos que han sido salvados por Su muerte”.
Dice Richard Barcellos, autor del libro La Cena del Señor cómo medio de gracia: “Cuando tomamos la Cena del Señor, es una comida de renovación pactual. No nos lleva a un pacto con Dios; nos recuerda que ya estamos en un pacto con Él por medio de Cristo e intensifica ese vínculo pactual”.
¿Qué es la Santa Cena? La Santa Cena es una celebración de la iglesia en la que participamos del pan y del vino para recordar la muerte de Cristo. A través de ella, tenemos comunión con Cristo, reafirmamos los beneficios de Su sacrificio, nuestra unión con Él y entre nosotros. También renovamos nuestro compromiso con Cristo y con los demás, lo que fortalece la comunión de la iglesia y nos distingue del mundo que nos rodea.
Vimos el origen de la Santa Cena y cuál es la importancia que tiene como una señal del nuevo pacto de Dios y su pueblo, un recordatorio de ese nuevo pacto en la sangre de Jesús. Vamos a explorar más sobre el significado de la misma para nosotros como iglesia.
4. La Santa Cena: Una unidad vertical y horizontal
El teólogo Michael Horton dice: “Entonces, la Cena del Señor es una comida pactual. Esto quiere decir que, aunque es en primer lugar una ratificación de la promesa de Dios a nosotros, también ratifica nuestra promesa a Dios y entre nosotros (los creyentes) mutuamente. Tiene dimensiones tanto verticales cómo horizontales”
El lugar en el Nuevo Testamento donde encontramos más información sobre la Santa Cena es en la carta de Pablo a los corintios, capítulos 10 y 11.
Para dar un poco de contexto, Barcellos señala que: “Al parecer, algunos corintios pensaban que eran libres de seguir participando en las comidas sacrificiales paganas. Sin embargo, Pablo estaba totalmente en desacuerdo con ellos (10:14: «…huid de la idolatría»). Está combatiendo el pecado de la idolatría que cometían algunos de los corintios por su «participación en comidas religiosas paganas»”
En 1 Corintios 10:16–22, Pablo dice: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo; porque todos participamos de aquel mismo pan. Consideren al pueblo de Israel: los que comen los sacrificios, ¿no participan del altar? ¿Qué quiero decir, entonces? ¿Que lo sacrificado a los ídolos es algo, o que un ídolo es algo? No, sino que digo que lo que los gentiles sacrifican, lo sacrifican a los demonios y no a Dios; no quiero que ustedes sean partícipes con los demonios. Ustedes no pueden beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos, acaso, más fuertes que Él?”.
Hay al menos dos cosas que señalar de este pasaje: lo primero, nuestra participación en la sangre y el cuerpo de Cristo, es decir, nuestra participación espiritual de su sacrificio; lo segundo, nuestra unidad como iglesia por medio de ese sacrificio.
Nuestra participación con el sacrificio de Cristo
La Santa Cena es una proclamación visible del evangelio, donde participamos espiritualmente de los beneficios del sacrificio de Cristo y tenemos comunión presente con Cristo por medio de la fe.
Bacellos dice: “Puesto que los creyentes ya tienen comunión con Cristo por medio de la fe (1 Cor. 1:9), la Cena del Señor debe ser considerar cómo un medio para alimentar lo que ya se posee. Cómo asevera Malcolm Maclean: «Este pasaje indica que hay una comunión real entre Cristo y Su pueblo en la Cena». Aunque no es una ordenanza que convierte, la Cena es una ordenanza que santifica. Como la Palabra de Dios y la oración, la Cena del Señor es un medio a través del cual nos llega la gracia de parte de Cristo”.
Cuando participamos del vino, estamos declarando que, por la fe, participamos espiritualmente en los beneficios de la sangre de Cristo, derramada por nuestros pecados para lavarnos de nuestra maldad y otorgarnos perdón.
Cuando participamos del pan, declaramos que, por la fe, participamos espiritualmente en los beneficios del cuerpo de Cristo. Reconocemos que Su cuerpo fue entregado a la muerte por nuestros pecados, en nuestro lugar, para morir la muerte que merecíamos.
Al participar de la Santa Cena, afirmamos públicamente que, por la fe, recibimos los beneficios del sacrificio de Cristo y renovamos nuestra comunión con Él. Declaramos que somos suyos y que Él es nuestro Señor y Salvador, comprometiéndonos a obedecerle y seguirle.
Kistemaker señala: “En este versículo, las palabras copa y pan significan participación en la sangre y cuerpo de Cristo. Esta participación hace que los creyentes reciban el favor de Dios en la forma de bendiciones espirituales y materiales maravillosas. Pero esta participación implica también la responsabilidad cristiana de obedecer a Cristo”.
Nuestra unidad como iglesia en ese sacrificio
“Puesto que el pan es uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo; porque todos participamos de aquel mismo pan.” (1 Corintios 10:17, NBLA)
Nuestra participación del pan y del vino no solo nos reafirman nuestra comunión vertical con Cristo, sino que nos reafirman nuestra comunión horizontal con los que conforman el cuerpo de Cristo.
¿Por qué? Porque todos participamos de aquel mismo pan, es decir, de Cristo, y en específico de su cuerpo entregado en la cruz. Y ya que Cristo es uno, y no está dividido, nosotros que somos muchos y diversos, los cristianos, al mismo tiempo tenemos unidad, somos un solo cuerpo, porque todos participamos de la misma obra redentora de Cristo. Al comer del pan en la Cena, los creyentes confiesan que dependen del sacrificio de Cristo y que están unidos no solo a Él, sino también unos a otros.
Si la Santa Cena proclama nuestra comunión con Cristo y con Su pueblo, ¿cómo estamos viviendo esa unidad? ¿Hay relaciones quebradas en nuestra iglesia que necesitan reconciliación antes de participar de la mesa del Señor?
Conclusión
La Pascua y la Santa Cena son, en esencia, celebraciones de liberación y redención. Por lo tanto, alguien que no ha sido libertado no tiene nada que celebrar. Por el contrario, esa persona debería lamentar su condición de esclavitud. Esto es una realidad para todo aquel que no está en Cristo: aún no ha conocido al Salvador, aún mora en esclavitud y condenación, aún tiene al pecado como su amo y a la muerte eterna como su destino. Pero eso puede cambiar hoy mismo, si se arrepiente de sus pecados y viene a Cristo por medio de la fe. La puerta del nuevo pacto sigue abierta para todo aquel que desee venir. La mesa del Señor está disponible para todo aquel que quiera participar del banquete de la gracia. Ven a Cristo hoy, no lo dejes para después.
Y como cristianos debemos recordar que no practicamos una religión vacía con rituales muertos y sin significado. Todo lo contrario, adoramos a un Dios vivo que está presente en medio de Su pueblo. Por lo tanto, al acercarnos a la Santa Cena, nos acercamos a la esperanza viva que tenemos en Cristo. Es una celebración para quienes han sido redimidos, perdonados y hechos libres. Para nosotros ya no hay más condenación. Nos acercamos a la mesa donde Cristo es el anfitrión, el que nos sirve de Su propia entrega para que podamos disfrutar del banquete de Su gracia y de la comunión con Él, no solo por un día o unas pocas veces al mes, sino por toda la eternidad. Que renovemos en nuestra mente y en nuestro corazón el verdadero significado de la Santa Cena.
Hemos visto cómo la Santa Cena conecta la Pascua de Moisés con la obra redentora de Jesús y cómo se convierte en la señal del nuevo pacto. Pero ahora debemos preguntarnos: ¿qué significa esto para nosotros como iglesia? ¿Cómo debemos participar de la Santa Cena hoy? La próxima semana, exploraremos estas preguntas y veremos cómo esta celebración nos llama a vivir en comunión con Cristo y con Su pueblo.
Continúa en la Parte 3: «Un Dios de pactos».
Esta serie reproduce el texto de una serie de mensajes predicados en la Iglesia Bíblica de la Gracia (Lanús, Argentina). Salvo indicación contraria, las citas bíblicas son de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA).




