Serie «La mesa del nuevo pacto» — Parte 4 de 5
(Viene de la Parte 3: «Un Dios de pactos».)
2) La Promesa de un Nuevo Pacto
Este nuevo pacto fue anunciado por los profetas Jeremías y Ezequiel.
“«Vienen días», declara el Señor, «en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto, no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, Mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo para ellos», declara el Señor”.
Dios mostraba que el pacto condicional que hizo con Israel en el monte Sinaí, que se refleja en los libros de Éxodo y Deuteronomio, fue quebrantado por el pueblo a causa de la maldad de sus corazones. El propósito de ese pacto era mostrar que no podemos obedecer a Dios perfectamente, que por nuestros propios medios siempre quebrantaremos el pacto, que necesitamos un Salvador. Dios tenía preparado un nuevo pacto que haría con su pueblo. Distinto al anterior, un mejor pacto.
«Porque éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días», declara el Señor. «Pondré Mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces Yo seré su Dios y ellos serán Mi pueblo. »No tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciéndole: “Conoce al Señor”, porque todos Me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande», declara el Señor, «pues perdonaré su maldad, y no recordaré más su pecado».” (Jeremías 31:31–34, NBLA)
En este nuevo pacto, Dios promete: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.” La comunión con Dios es la mayor promesa y el beneficio más grande del nuevo pacto: una eterna relación con Dios como Su pueblo. Además, Dios asegura que todos los que formen parte del pacto lo conocerán, porque Él perdonará su maldad y nunca más se acordará de sus pecados. Este pacto no depende de la obediencia humana, sino que está fundamentado en el deseo divino de tener comunión con Su pueblo y otorgarles perdón.
A través de Ezequiel, Dios da más detalles de lo que hará con su pueblo en el nuevo pacto:
“’Entonces los rociaré con agua limpia y quedarán limpios; de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos los limpiaré. ’Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. ’Pondré dentro de ustedes Mi espíritu y haré que anden en Mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente Mis ordenanzas.” (Ezequiel 36:25–27, NBLA)
En el nuevo pacto, Dios limpiará a Su pueblo de sus pecados, les dará un nuevo corazón y renovará su espíritu, transformando su disposición para amar, obedecer y vivir para Él. Esta transformación será posible por la obra del Espíritu Santo, quien hará Su morada en el creyente, capacitándolo desde dentro para vivir en obediencia a Dios. Es una de las mayores diferencias de los demás pactos, en el nuevo pacto el Espíritu de Dios vivirá en el creyente, antes solo venía sobre ciertas personas para dotarlas de poder para un llamado especial (reyes, profetas, jueces), hoy está dentro de cada miembro el nuevo pacto para dotarlos de poder para vivir como Jesús.
El nuevo pacto descansa en la gracia de Dios, no en nuestros esfuerzos o méritos. Es distinto a todos los pactos anteriores. Sus promesas son mayores y eternas, porque descansan en el carácter fiel de Dios y no en la capacidad humana. Al ser incondicional, el cumplimiento de este pacto no depende de nosotros, sino de la fidelidad de Dios. Por eso, la promesa del nuevo pacto es segura para todo aquel que ha sido incluido en él.
La promesa del nuevo pacto no sólo anuncia lo que Dios hará, sino que también revela cómo el ser humano puede entrar en esta relación transformadora. Dios no solo ofrece un pacto; Él hace posible que los pecadores sean parte de él por medio de un milagro: la conversión.
3) La Conversión como entrada al Nuevo Pacto
El Nuevo Testamento nos dice que para entrar en este nuevo pacto con Dios hay que nacer de nuevo. Dios tiene que regenerarnos espiritualmente para poder ser parte de este nuevo pacto. Esto lo vemos claramente en Juan 3, en la conversación que Jesús (que es Dios), tiene con el fariseo Nicodemo, uno de los maestros de Israel:
“Jesús respondió: «En verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. »Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. »No te asombres de que te haya dicho: “Tienen que nacer de nuevo”. »El viento sopla por donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu».” (Juan 3:5–8, NBLA)
Entrar en el nuevo pacto es entrar en el reino espiritual de Dios. Para poder hacerlo, necesitamos vida espiritual, algo que por naturaleza no tenemos porque estamos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). Por lo tanto, necesitamos que Dios nos dé nueva vida, lo cual Él hace únicamente por medio de Su Espíritu Santo. La referencia de Jesús a «nacer del agua y del Espíritu» (Juan 3:5) apunta a la promesa en Ezequiel 36, donde Dios promete limpiarnos de nuestros pecados y transformarnos internamente, dándonos un corazón nuevo que ame y obedezca a Dios. Este nuevo nacimiento es una obra sobrenatural de la gracia soberana de Dios; nadie puede, por su propia voluntad o esfuerzo, nacer de nuevo. Es un milagro que depende completamente de la obra regeneradora del Espíritu.
Pablo, hablando de la salvación de Dios, utiliza lenguaje que hace alusión a Ezequiel 36:
“Él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por Su gracia fuéramos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna.” (Tito 3:5–7, NBLA)
Habla del agua y del Espíritu. El lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo. ¿Por medio de quién llega esto a nosotros? Por medio de Jesucristo nuestro Salvador. Por lo tanto, haber sido salvados por Jesús significa que somos partícipes del nuevo pacto, el cual fue establecido y sellado con Su sangre en la cruz.
Esto es lo que Jesús mismo dice en la santa cena:
“De la misma manera tomó la copa después de haber cenado, diciendo: «Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre, que es derramada por ustedes.” (Lucas 22:20, NBLA)
“Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: «Beban todos de ella; porque esto es Mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados.” (Mateo 26:27–28, NBLA)
Así como la sangre de los sacrificios selló el pacto en el monte Sinaí, conocido como el antiguo pacto, de la misma manera, la sangre de Jesús es la que sella el nuevo pacto de Dios con Su pueblo escogido. Este nuevo pacto, basado en la gracia, fue establecido mediante Su sangre derramada, que ha obtenido el perdón de los pecados para Su pueblo.
Si es por medio de la salvación en Jesucristo que podemos nacer de nuevo y ser parte del nuevo pacto, la pregunta es: ¿cómo podemos ser salvos por Jesús? La respuesta es: arrepintiéndonos de nuestros pecados y creyendo por fe en Cristo y en el evangelio, que Él murió y resucitó a nuestro favor.
La conversión no es algo que hacemos por Dios. No se trata de repetir una oración, asistir a una iglesia o leer la Biblia. Es algo mucho más profundo y radical. La conversión es una obra sobrenatural de Dios, donde el Espíritu Santo aplica los beneficios de la obra de Cristo en la cruz al pecador, regenerándolo espiritualmente.
El nuevo pacto comienza con la obra redentora de Cristo y se aplica a nuestras vidas por medio de la conversión, pero Dios no nos deja sin señales visibles de esta realidad espiritual. Así como en los pactos antiguos hubo señales visibles que marcaban la relación de Dios con Su pueblo, en el nuevo pacto también tenemos señales que confirman nuestra unión con Cristo y Su pueblo: el bautismo y la Santa Cena.
1 El Bautismo: La señal de iniciación al nuevo pacto El bautismo es la señal de entrada al nuevo pacto, así como la circuncisión lo era en el antiguo. Todo aquel que afirma haber puesto su confianza en Cristo y ser miembro del nuevo pacto debe pasar por las aguas del bautismo como primer paso visible. Es la señal pactual con Dios, donde la comunidad del pacto universal, representada por la iglesia local, afirma públicamente la profesión de fe de esa persona como miembro del nuevo pacto. A través del bautismo, alguien testifica visiblemente su incorporación al nuevo pacto con Dios mediante Jesús y a la comunidad del pacto. Al hacerlo, también se hace miembro de esa comunidad, es decir, de la iglesia local.
2 La Santa Cena: La señal de renovación en el nuevo pacto A diferencia del bautismo, que ocurre una sola vez, la Santa Cena reemplaza la cena pascual y se celebra regularmente. La Santa Cena se convierte en la señal de renovación y reafirmación del compromiso con Dios y Su pueblo. En la Santa Cena, el creyente recuerda el nuevo pacto en Cristo, basado en Su cuerpo entregado y Su sangre derramada. Esta señal no solo mira hacia atrás al sacrificio de Jesús, sino que también fortalece la comunión del pueblo del nuevo pacto, alimentándolos espiritualmente como cuerpo unido.
La progresión dentro del nuevo pacto:
- Conversión: El medio por el cual alguien entra al nuevo pacto por medio de la fe en Cristo.
- Bautismo: La señal de iniciación al nuevo pacto, que implica la membresía en la comunidad del pacto (la iglesia local).
- Santa Cena: La señal de renovación y reafirmación del compromiso pactual con Dios y Su pueblo.
Esto lo veremos con más profundidad en el próximo sermón de esta serie.
Conclusión
¿Eres parte del nuevo pacto con Dios a través de Jesucristo? Aquellos que no son parte de este pacto son enemigos de Dios y aún están bajo la ira de Dios por causa de su pecado. Pero como vimos anteriormente, para entrar en esta relación de pacto con Dios debes hacerlo a través de la fe en Su Hijo, cuya sangre fue vertida para la salvación y el perdón de los pecados de su pueblo. Solo tienes que arrepentirte de tu pecado y confiar en Cristo como tu salvador, poner tu fe en Cristo y vivir para Él el resto de tu vida.
Y si ya somos miembros del nuevo pacto, ¿no es motivo para regocijarnos en la elección soberana de Dios? Ninguno merece estar dentro de este nuevo pacto, es solo por la gracia soberana de Dios que aquellos que Dios eligió desde la eternidad pasada puedan entrar en esta relación de pacto a través de Jesús. Todo ha sido hecho de tal manera que Dios reciba toda la gloria. La salvación responde a las cinco solas históricas, es solo como la Escritura enseña, solo por Cristo, solo por gracia, solo por fe y solo para la gloria de Dios.
Continúa en la Parte 5: «Las señales del nuevo pacto: bautismo y Santa Cena».
Esta serie reproduce el texto de una serie de mensajes predicados en la Iglesia Bíblica de la Gracia (Lanús, Argentina). Salvo indicación contraria, las citas bíblicas son de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA).




