“Lo designarás, si el anciano es irreprensible, marido de una sola mujer, que tenga hijos creyentes, no acusados de disolución ni de rebeldía” (Tito 1:6, NBLA).
En el artículo anterior vimos la importancia del matrimonio del pastor, en este discutiremos el tema de los hijos.
Debe tener también “hijos creyentes, no acusados de disolución ni de rebeldía”. Este es un texto que ha traído confusión por las traducciones que se han hecho en español. ¿Quiere decir el texto que los pastores deben tener hijos creyentes, nacidos de nuevo?
Eso presenta dificultades:
- Si fuera cierto, ¿qué hace un pastor con niños pequeños? ¿Debe esperar a que crezcan para ver si manifiestan fe personal para ejercer como anciano? ¿Y qué pasa si sus hijos se apartan del Señor? En ese caso ningún hombre con hijos podría pastorear con paz y tranquilidad.
- Por otro lado, la salvación es un acto soberano de Dios. Los padres pueden ser hombres fieles y, sin embargo, no tener por eso hijos que sigan al Señor. Le pasó a Aarón con Nadab y Abiú. El ministerio del padre no implica necesariamente que sus hijos han de creer en el Señor, porque la salvación es un acto soberano.
Entonces, ¿qué hacemos con este texto? La palabra griega usada para creyentes es pistós, de la misma familia que pisteúō, que significa creer, y pístis, que significa fe y confianza. Esta palabra pistós se puede traducir, de acuerdo al contexto, como creyente en el sentido de cristiano. Pablo la utiliza al decirle a Timoteo que nadie tenga en poco su juventud, sino que sea ejemplo de los “creyentes”. Pero también puede traducirse como fiel, confiable, digno de confianza, como cuando Jesús dice en la parábola de los talentos: “Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21, NBLA). La traducción “creyentes” no está mal, pero la palabra tiene los dos sentidos.
¿Cuál corresponde acá? El mismo versículo sigue diciendo, en negativo, que son hijos “no acusados de disolución ni de rebeldía”. Y en el pasaje paralelo, Pablo le pide a Timoteo que el anciano gobierne bien su casa, “teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad” (1 Ti 3:4).
Por eso, la mejor traducción para este contexto es hijos fieles. El anciano debe tener hijos fieles, no acusados de disolución, es decir, de desenfreno o libertinaje, ni de rebeldía, es decir, de ser desobedientes o de no sujetarse. En pocas palabras, los hijos del anciano deben ser fieles a su padre. Unos hijos que no obedecen a su padre y que viven abiertamente en libertinaje y rebeldía serían una contradicción al oficio pastoral.
El padre no es responsable de la conversión de sus hijos, pero sí de criarlos en la disciplina e instrucción del Señor (Ef 6:4) y de que se sujeten a su autoridad mientras estén bajo su cuidado.
Cuando consideramos a un hombre para ser pastor, ¿estamos evaluando su manera de cuidar a su esposa e hijos, o solo si predica bien? Jesús nos pide que evaluemos primero si puede gobernar bien su casa. Y si sos padre de familia, este es un buen recordatorio de la clase de liderazgo que Dios te ha llamado a vivir como pastor de tu hogar. Jesús, el Buen Pastor, es quien te llama y te capacita con Su gracia para servir a tu hogar para Su gloria.
En el siguiente artículo de la serie consideraremos cómo debe ser el anciano como administrador de Dios.




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